Contestando una pregunta a mi mamá: Sí, mientras viajo como bien

Querida mamá,
Sé que siempre te preocupas por cómo como, pero debo decirte que mientras estuve en Perú nunca debiste preocuparte.
Debo confesar que mientras estuve en Huanchaco me levanté muy temprano para acompañar al dueño de casa a hacer las compras de fruta fresca para el desayuno. Él mismo compraba por separado los ingredientes de la granola y los tostaba uno por uno, además de usar miel de algarrobo para endulzar.

Además, este mercado, por ser costero, recibe en la mañana la visita de los pescadores que llegan a ofrecer los pescados recién sacados del mar.
Verlos en esa negociación me animó a levantarme aún más temprano y verlos subidos en sus caballitos de totora, con la resolución firme de quebrar las olas. Rápidamente desaparecen en el horizonte, y unos minutos después vuelven apalancándose con las guaduas que usan como remos.

En algunos terrenos divididos y demarcados, las familias plantan la totora, y fabrican el caballito, según su tamaño y su peso.

Te preguntarás, mamá ¿Cómo sé eso? Bueno, debo confesar que viajando infrinjo mucho en el mandamiento de no hablar con extraños. ¡Pero cómo no hablar con él!
Todo me lo contó un pescador, Javier, un joven de 25 años que aún está buscando a la mujer de su vida (y va tarde), con la que tendrá hijos y de los que espera, al menos uno, continúe con la tradición de pesca artesanal.
Javier me preguntó si había montado en caballito, y cuando le dije que no, me propuso intentarlo.
La primera vez me llevó con el, y las siguientes me dejó a mí sola para comprobar lo fácil que se ve cuando ellos se mueven entre las olas, y lo difícil que es cuando uno lo hace.

Todos ellos estaban molestos porque los leones marinos visitan sus redes como restaurante; encuentran la comidita servida.
Así que después de escucharlos un rato hablar del Alianza Lima, nos fuimos con la promesa de vernos más veces (y así fue).

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Picarones con salsa de brevas |
Así de simple y linda es la vida en Huanchaco. Si se tienen ganas, se toma la bicicleta (a veces con pato incluido) y muy cerca se tiene todo (¿qué más necesita uno sino el mar y el mercado bien nutrido?). Además se tiene un sitio de comidas donde venden anticuchos y brochetas (no se dice pinchos, porque en Perú pincho significa pene), picarones, tortas y mil delicias más, acompañadas de chicha morada o Incacola.


Y los postre, mami, ¡los postres! Tú que estás tan pendiente de que no coma mucho azúcar... no debería ni decírtelo, pero debo confesar que me volví adicta a las cremoladas. ¿Que qué son? Especies de raspados, y en un sitio llamado Océano las ofrecen de 28 sabores, y muchos de ellos de frutas selváticas del Perú. Coco y tamarindo son la mejor combinación del mundo.
Y del resto de postres ni hablemos, para evitar que me llames y me recuerdes que no debo comer tantos dulces.

Es más, creo que nunca he comido tan bien como lo hice en Perú.
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