Los latinos no sabemos hacer filas: La aventura en el columpio del fin del mundo
Una celebración de este tipo en un lugar tan concurrido aumenta significativamente los precios, y en cualquier hostal lo dejan claro, si es festivo los precios se ponen al doble. Así es, lo más económico (y lo único) que pudimos conseguir fue por 25 dólares por persona.

Era un poco estresante igual cuestión, por lo que decidimos ir a relajarnos a uno de los lugares más conocidos, las aguas termales de Baños (de ahí viene su nombre de Baños de Agua Santa). Por 4 dólares se puede entrar, hay que ir con gorrito. Lo que no imaginamos es que íbamos a encontrar un literal caldo de humanos. Todas las piscinas se encontraban a su máxima capacidad, y recordé esas fotos de China en verano.

En el Hostal Kiwi es una opción muy recomendad, además del hospedaje, consiguen las actividades adicionales. Nos llevaron las bicicletas en la noche (por 7 dólares) para al día siguiente salir por la ruta de las cascadas. Son aproximadamente 80 kilómetros (si se quiere llegar al final de la ruta), y de ahí se consiguen colectivos que cobran alrededor de 4 dólares por llevarte de vuelta (en subida) con las bicicletas.

¿Cuál es el plato fuerte de este recorrido? Para mí, definitivamente, el Pailón del diablo (la entrada son 1 dólar), y a la entrada es posible dejar las bicicletas aseguradas con los candados que proporcionan quienes la rentan. La cascada más grande que haya visto en toda mi vida, y sus dueños construyeron unas escaleras para poder recorrerla y verla desde diferentes perspectivas.

Después almorzamos por la carretera (donde hay una oferta grande), y después de un almuerzo completo por 3.5 dólares y el cariño del mundo entero, nos dimos cuenta de que estábamos muy lejos de la meta final (sólo habíamos andado 60 Km y nos faltaban 20 más), así que esperamos una camioneta para devolvernos al pueblo, relajarnos e ir a un cafecito a leer... porque el camino a veces es eso, es parar, darnos un respiro y leer, escuchar a los locales hablar, y descansar mirando la plaza principal (y a veces es algo que uno olvida porque va corriendo la cuenta del hostal... del que tuvimos que cambiarnos a cuarto compartido por el precio... ya les contaré).



Esta parada nos gustó mucho, el grupo era muy amable, y era gracioso ver cómo la argentina se encargaba de los 4 hombres como si fueran niños, dándoles las asignaciones y buscando mantener muy bien el hostal.
Ellos nos dieron las indicaciones, los consejos para ir a la casa en el árbol y el tan apetecido columpio que da al vacío, el columpio del fin del mundo. Y es que, aunque es posible por 4 dólares tomar una chiva que te lleve y te traiga, también existe un bus que te lleva por 1.5 dólares. Los buses salen solamente en 3 horarios, y de esa misma manera se devuelven, por lo que los horarios de 9am, 11 am y 3 pm son fijos, y el último para devolverse es a las 6 pm. De cualquier manera, es mejor llegar con media o una hora de anticipación, pues los buses se llenan pronto y el camino es de más de una hora (en la que uno no quiere ir de pie).

De nuevo comprobamos que era un fin de semana festivo, montar en el columpio nos costó una fila de casi 2 horas, en las que andábamos comiendo empanadas de queso y chocolate caliente (más que recomendados). Pero, para los que estén interesados en ir al lugar, no se preocupen mucho, todos los viajeros cuentan que no tienen que hacer más de 5 minutos de fila, solamente que llegamos en el momento que no era.
Y ¿valió la pena la espera? ¡Volvería a hacer la fila! El vacío es impresionante, el estómago se contrae, las manos sudan, el cuerpo tiembla al ver el gran abismo que hay a los pies, pero a las dos o tres empujadas, uno ya tiene la capacidad de apreciar el tremendo paisaje que acompaña la vista. Me sentí de nuevo como niña, me emocioné, grité, me reí, y agradecí al cielo que mis botas me hubieran llevado tan lejos. Ya luego no me quería bajar.

Y puede ser que parezca una expresión exagerada, que sea solo una fila de un columpio, pero definitivamente pienso que este hombre le mostró a sus hijos, sobrinos, amigos, que está bien infringir las normas, y en lugar de enseñar la empatía de los demás que hacen la fila, les enseña a que sus intereses estén siempre por encima de los demás.
Esa noche, mientras compartimos comida con los argentinos que hicieron ñoquis para todos, y nuestras croquetas de atún, Majo dio la descripción perfecta de lo que había pasado en la fila: "Son unos malditos" (dicho en su tono argentino), y todos nos reímos.
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