El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre

Un señor grande me preguntó si era del interior del país. Se me notaba, dijo. Y se me nota mucho, porque por más que el sol me pegue, mi color de rana platanera permanece, El que va a Mompox una vez, quiere volver, afirmó. Me imagino, le dije, pero no, no me imaginaba que iba a encontrar cosas tan maravillosas.
En ese momento empezó otro clima, otro universo. Todos se sonreían y hacían chistes, dos niños me presentaron a su perra, Estrella y el muchacho del conejo permitió que los demás pasajeros conocieran a su mascota. Todos estábamos ansiosos por que el Ferry comenzara su recorrido por el Magdalena.


"Yo hablé en el vientre de mi mamá", dijo después, y todo aquel que habla en el vientre de la madre está destinado a ser adivino pero la madre no debe decírselo a nadie. Su madre, contó, lo abandonó debajo de un palo de mango, tal vez por miedo a su hijo adivino. Uno de sus hijos, de los que no sabe nada, habló también antes de nacer. Entonces, después de ese instante de nostalgia que le hacía brillar los ojos, sacó una guacharaca

Casi una hora de camino incluyó el encuentro de tres ríos cerca a Pinillos, una vegetación verde y poblada, un cielo azul de nubes dibujadas por impresionistas y varias casas a la orilla del río. El agua, oscura, revuelta, con algunas pequeñas islas (de tarros de Texaco, bolsas de FAB, paquetes de Detodito) se dejaba manejar debajo del Ferry que atravesaba tranquilo mientras los pasajeros celebraban la apertura de la tienda, comían y luego arrojaban al pobre río sus desechos.
Me sorprende que el río siga fluyendo y aguantando las sobras de nosotros (y tantos de nosotros que la guerra alguna arrojó en estas mismas aguas). Me entristecí un poco por el mal que hace nuestra especie; ya no vería los Manatíes llorando y paseando sus crías. Al menos tampoco vería cadáveres arrastrados por la corriente.
Como si las llamara para alegrarme la desilusión, aparecieron algunas mariposas amarillas que empezaron a revolotear. No serían las últimas, Mompox está llena de ellas, y cada vez que las
veo no puedo evitar que mi estómago se revuelva de la emoción.
El Ferry llegó a tierra firme, y una vez en el bus, seguimos el recorrido con la confianza de hablar unos con otros, todos emocionados por volver a ver las iglesias, preparados para un calor "más bravo" del que ya hacía. Uno a uno se fueron despidiendo, dándome consejos y expresándome admiración por viajar sola, deseándome una estadía placentera y tranquila. "Esto es muy seguro, no se preocupe". Mompox es tierra de Dios, donde nadie mata por robar, como en otros lados, me dijeron.

Llegamos a la estación de buses entre polvo, a solo dos cuadras de la zona colonial. Ahí por veinte mil ofrecían habitaciones con "todos los juguetes". Les agradecí el ofrecimiento admitiendo que quería buscar otro sitio y, después de recorrer un par de cuadras, llegué al Macondo (o tal vez hacía un rato que estaba ahí).
A mi me gusta viajar y yo quiero ir a muchos lugares, pero leerte me hace viajar sin necesidad de mover mi cuerpo físico.
ResponderEliminarHay personas que te describen tan bien sus viajes que uno siente que no necesita ir a ese sitio, es como si en el cuerpo de una persona, hubiesen viajado dos almas.
Preciosa entrada, sigo leyéndote😘
Nati
www.navegueruns.com
Gracias Natis, como dice King, para escribir uno necesita que alguien crea en uno, y muchas veces has sido ese alguien.
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